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De Iturriak
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JOSÉ VINUESA

el corazón corrompido al entendimiento entenebrecido y esclavizado. Sólo dice que no hay Dios quien quisiera que no lo hubiese. Pero ¿dejará de existir el Señor porque le neguemos? ¡Pobre recurso fuera para los tripulantes del Reina Regente negar la existencia de la tempestad que los absorbió! Y si no deja de haber tempestades porque el hombre niegue que las haya; porque al hombre se le antoje negar que existe Dios, ¿dejará por ventura de existir quien ejerce señorío sobre el poder del mar y sosiega la agitación de sus olas, y dice al Océano: «Hasta aquí llegarás y no darás paso adelante, antes aquí mismo quebrantarás tus olas hinchadas?»

Señores y hermanos míos, diga enloquecido el ateo, ahuecando la voz débil (tan débil, que no halla eco en el Universo): «No hay Dios»: esfuércese el panteísta por medio de sofismas, envueltos en oscuridades impenetrables, en hacer creer que no hay un Dios personal, totalmente distinto de todas y cada una de sus criaturas¡ trabaje el positivista en arrancar de nuestra alma hasta la esperanza de saber que hay Dios; relegue á Dios el deísta á un aislamiento absoluto, del que jamás salga para ocuparse en los seres que crió; repártanse (con alguna honrosa excepción) los nuevos monistas, yéndose los unos hasta la negación atea, envolviéadose los otros en los tenebrosos razonamientos panteístas, adoptando éstos la desdeñosa sonrisa positivista y contentándose aquéllos con el falso Dios de los deístas: no por eso dejará de ser quien no puede dejar de ser, ni de presentarse al borde de la eternidad con infinita majestad y poderío á esos desdichados, que se pasan la vida negándole en su corazón y esforzándose en negarlo en una y otra forma con su entendimiento. ¡Qué horrendo será para el ateo, el panteísta, el positivista, el deísta este encontrarse allí con el Juez infinito! «Decíamos que no existia, exclamarán con inmenso alarido de desesporación, y ..... ¡hélo aquí! Harto nos lo decía nuestra razón, por más que procurábamos acallarla. ¡Somos inexcusables!»

¿Y cómo no serlo quien niega que hay Dios'? Por todas partes orden, aun en lo que llama más desordenado la ignorancia; por todas partes leyes que se cumplenn exactísimamente; por todas partes sabiduría, que resplandece más que el sol. Y siendo esto así, no dejará de exclamar la razón, al menos en momentos como éstos, en que la solemnidad de la catástrofe hace enmudecer á las pasiones: «Hay orden, luego hay orde-