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De Iturriak
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JOSÉ VINUESA

de su misma naturaleza, que es lo que es, y no más.-Es verdad: la naturaleza del Sér increado es lo que es y no más de lo que es; pero no es más por ser esencialmente infinita. Y la razón es clarísima. Suponed finito al sér increado: repugnará evidentemente que exista y no exista al mismo tiempo; pero ninguna sombra de repugnancia, ni aun de dificultad, se vislumbra en que deje de existir en otro tiempo, aunque ahora exista. Será, pues, un sér que puede dejar de ser. Mas pudiendo dejar de ser, no tiene en si la razón suficiente, el por qué completo de su existencia; y así necesita causa, y lo que tiene causa no es increado. Para que lo fuera, sería precisa la imposibilidad de dejar de existir en tiempo alguno; y esto, que hemos visto que no tiene el sér finito, es propio y exclusivo del Sér absolutamente infinito.-¿Por qué razón?-Porque un sér que puede dejar de existir, carece de la perfecta posesión de sí propio; y así, á lo menos por esta parte, es finito. Concluyamos: el Sér increado es infinito, y, por serlo, no puede mudarse ni modificarse. Luego, el Universo que se muda, se distingue totalmente de Dios, como lo finito es diverso de lo infinito, como lo creado no puede ser lo increado, como la criatura dista infinitamente del Creador.

He ahí, hermanos míos, lo que pregona la ciencia verdadera, la ciencia desapasionada: Dios no es el Universo, ni nada que haya ó pueda haber en el Universo, en ninguno de los sentidos adoptados por las diversas escuelas panteístas.

Pero al acabar de demostrarlo, paréceme ver la sonrisa del positivismo, que me dice: «Te has alucinado, sin duda. ¿Cómo conocer el sér finito la existencia del Ser infinito? Para conocer que un sér existe, hay que conocer al sér de que se trata; y partiendo del principio indudable de que tanto mayor ha de ser la mente que conoce, cuanto es mayor y más excelente el objeto conocido, venimos á parar en que conocer al Sér infinito es obra exclusiva de la mente infinita. Por eso la ciencia moderna prescinde de entender en el conocimiento de Dios; y limitándose juiciosamente á observar e inducir, renuncia á la metafísica, y, en general, a todo razonamiento a priori, ó deducción, de que en siglos en que la sutileza llegó á creerse ciencia, han brotado errores sin cuento y contradicciones palpables.»

Podría, señores, contentarme con oponer á estos sofismas el hecho notorio de que siendo, como somos, finitos, sabemos