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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

que el Sér infinito existe; y, puesto que lo sabemos, evidente es que podemos saberlo. Detengámonos, sin embargo, á responder directamente á las argucias del error de moda. ¡Pluguiera á Dios que lograra desterrarlo de cuantas inteligencias trastorna!

Para desenmascararlo, bastará observar la confusión en que estriba la fuerza aparente de su razonamiento. Es, en efecto, indudable que sólo una inteligencia infinita puede conocer del todo y comprender al Sér infinito. Pero ¿es verdad que para saber que un sér existe, hay que comprenderlo plenamente'? Si así fuese, no sabríamos que existe sér alguno; porque ¿cuál es el sér cuya verdad comprendemos y abarcamos del todo? Cierto que ni aun nuestra propia existencia podriamos conocer, si para conocerla fuese preciso conocernos del todo y perfectamente. ¡Cuántos misterios cierran el horizonte de la fisiología humana! ¡Cuántos los de la patología! ¡Cuántos y cuán oscuros los de la psicología! Y el corazón humano, ¿quién lo sondeó? ¿Quién de veras se conoce á sí mismo? No, señores; yerran lastimosamente los positivistas, siguiendo a su maestro Augusto Comte, si creen que para saber que existe un sér es preciso abarcarlo con el entendimiento: basta conocerlo imperfectamente, lo suficiente para distinguirlo de algún modo de los demás y entender de qué sér se trata al afirmar su existencia.

Mas si esto basta, lejos de requerir inteligencia infinita el conocimiento de la existencia de Dios, sólo pide limitadísima inteligencia. Observad conmigo que, si bien se requiere mayor inteligencia para comprender lo grande que lo pequeño, pero para saber que existe lo grande basta menos inteligencia que para ver la existencia de lo pequeño; al modo que se necesita menos vista para enterarse de la presencia de un objeto cuanto éste sea más voluminoso. Para abarcar con la vista el Océano, es preciso mayor capacidad visiva que para abarcar con la vista una gota de agua; pero para ver que existe el Océano menos vista se requiere que para ver que hay una gota de agua.

-Pero ¡el procedimiento deductivo, los raciocinios a priori!-No hay para nosotros ciencias más ciertas que las matemáticas. Pues bien, ¿cómo proceden las matemáticas? Cierto, no observando hechos é “induciendo” leyes, sino “deduciendo” unas de otras las verdades. Nada, por tanto, he de con-