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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

pobre hombre, digno de lástima, sería un positivista vulgar que tomaría por límites del valle las nieblas que lo envuelven, como los positivistas científicos toman las sombras de sus preocupaciones por límites del campo del humano saber. En suma, ese positivista rústico haría con los montes lo que los positivistas cultos hacen con Dios. Pero allí están los montes, á pesar de las nieblas y el que sólo ve nieblas; y allí y aquí y en todas partes está Dios, á pesar de los positivistas, y sus dudas, y sus errores.

Y está en todas parles - lo habéis visto á la luz de rigurosísima demostración- Dios, distinto del mundo y creador del mundo. Veamos cómo, á más de creador, es próvido gobernador del Universo, y supremo legislador y juez de los hombres; verdad evidentisima, aunque no acierten á verla los seudo-deístas, y aun muchos que, sin cansarse en seguirles en sus espaciosos razonamientos, admiten en la práctica sus negaciones.

Y cierto que á poco que nos detengamos á meditar en el por qué del deísmo, veremos que es no más que una transacción entre el entendimiento que no osa negar las verdades cuya demostración acabamos de hacer, y las pasiones que transigen con ellas, con tal que el entendimiento se resigne á no deducir las consecuencias que de ellas fluyen ineludiblemente. Seamos francos al menos con nosotros mismos y descubrámonos nuestras llagas. Creer en Dios si no le debemos otro tributo que el de reconocer su existencia, admirar su poder y adorarle con vaga y estéril adoración, nada contraría nuestras inclinaciones, ni refrena lo más mínimo nuestros deseos, ni amarga absolutamente nuestros gustos menos racionales. Pero si admitimos que Dios es próvido, y sobre próvido legislador, y tras de legislador juez, todo cuanto hay de poco razonable dentro de nosotros tiende a protestar, á insubordinarse, á negar; y así no es extraño que la razón de muchos sufra culpables desmayos y se preste á ser dócil instrumento de las pasiones, justificando sus desafueros, en vez de ser su árbitra y señora, reprimiéndolas y conteniéndolas dentro de los límites del deber. No es otra la causa del deísmo especulativo y del práctico.

Fijad, si lo dudáis, la atención en lo que la razón alega para justificar las negaciones seudo-deístas. Al escucharla no se oye el lenguaje noble y verdadero de la señora que dice lo