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De Iturriak
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JOSÉ VINUESA

¡Señor! Nos reunimos al píe de vuestro altar aterrados por el fin desastroso del crucero Reina Regente y de cuantos lo tripulaban. Hemos meditado y conocemos y confesamos que no es grande y terrible el mar, que los sepultó donde ni aun acertamos á dar con sus restos queridos, sino Vos, Señor, que dictáis leyes al mar y al hombre; Vos, á quien nuestro pobre entendimiento pregona Dios necesariamente existente, necesariamente distinto del mundo, necesariamente conocible, necesariamente próvido y legislador y juez. ¿Quién, Dios de los mares, no temerá tu justo enojo? De Ti pende la vida, á Ti obedece el Universo, tuya es la eternidad. ¿Dónde huirá el pecador para evadir tus castigos merecidisimos? ¿A. quién recurrirá?..... ¡A Ti, Señor, á Ti! Que si eres grande y poderoso y justo y temible, eres también bueno y misericordioso, y, por decirlo todo con una palabra, Padre; Padre del pecador arrepentido. Padre que ha dicho: «pedid y recibiréis, hijos míos».

Detengámonos, hermanos míos, breves instantes á considerar estas palabras de nuestro Padre, consoladoras siempre, y sobre todo en momentos cual éstos de duelo y pesadumbre. Hemos visto la grandeza de Dios, y hemos temido: veamos su bondad, y esperaremos y oraremos.

II

Poco me resta que hacer en esta segunda parte. Dios mismo se encarga de persuadiros la verdad que en ella me propongo evidenciar. Porque es muy de notar que el Señor, cuya palabra es verdad y cuyo querer es poder, pone singular empeño en alentar nuestra confianza, prometiéndonos cuanto nos convenga mediante la oración; y esto no en una sola ocasión, sino en muchas, ni por uno ú otro de sus Evangelistas, sino por los cuatro. Otras divinas promesas hállanse repartidas por los Evangelios, refiriéndosenos unas en unos de aquellos santos libros, y otras en otros: ésta de que recibiremos cuanto hayamos menester ó nos esté bien, mediante la oración, ninguno de los Santos Evangelios la pasa por alto. Escuchad las palabras del Señor.

Leemos en San Mateo (cap. VII, versículo 7 y siguientes) éstas, que no pueden ser más terminantes: «Petite, et dabitur vobis; quaerite, et invenietis; pulsate, et aperietur vobis.» Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y os abrirán; y añade el Señor esta razón, sólo aplicable á las peticiones dirigi-