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De Iturriak
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JOSÉ VINUESA

alojo á los adversarios de sus últimas posiciones, en que se parapetan tras una mala inteligencia de la eficacia de nuestras peticiones dirigidas á Dios.

En efecto, desechar en absoluto todo ruego, despreciar toda lágrima, es no tener corazón, y, por tanto, no ser, no ya infinito, pero ni aun bueno. Pero plegarse á todo ruego, por insensato que sea; moverse por cualquier lloro, aunque pretenda lo que no debe concederse, es ser débil y hasta malo. Dios no puede ser ni duro, ni débil. Por lo tanto, el sentido evidente y único posible de sus promesas á los que oran, es que, mediante la oración, obtendrán lo que es razonable que se les conceda orando, aunque no habría para qué concederselo, si no oraran. Esto nos enseña la Iglesia Católica. La oración no impetra injusticias, ni absurdos, ni cosas que no convienen: impetra todo lo demás: ¡y no es poco! Entre el Dios inexorable de los deístas y el Dios bonachón de ciertos ignorantes, está el Dios verdadero, el Dios bueno de los cristianos, el Dios que concede lo que se le pide, si lo que se le pide conviene; y de no convenir lo que se le pide, concede lo que está mejor al que lo pide.

Buena prueba de esto nos ofrecen los náufragos del Reina Regente. ¿Quién duda que una y mil veces pidieron al Señor que los salvase del poder de la tempestad? Desde que la mañana de aquel terrible domingo rodeaban el altar, sobre el que en la rada de Tánger hubo de celebrarse el Santo Sacrificio, mientras el temporal arreciaba y bajaba el barómetro pavorosamente, hasta que se apagó el último rayo de esperanza ante la evidencia del naufragio, ¡cuántas oraciones brotarían de aquellos corazones afligidos con aflicción de muerte, y pronunciarían aun labios poco acostumbrados á rezar, si es que los había allí! ¿Cómo no orar á vista de la muerte? ¡Y tal muerte!

Ni era sólo la idea de la muerte lo que en aquel trance espantoso oprimía aquellos nobles corazones. Pensaría el comandante -¿cómo no?- en la tremeda responsabilidad que sobre él pesaba si se perdía el crucero, y en la carrera brillantemente, terminada, si lo salvaba de tan inminente peligro; sabiendo como sabía, ¿quién lo ignora?, que los hombres suelen juzgar de sus semejantes por el resultado, que no depende de ellos, y no por los medios empleados para procurarlo feliz, que es cuanto en buena ley puede exigírseles. Jóvenes, niños