Page:DonostiarrasXIX-1.djvu/92

De Iturriak
Saltar a: navegación, buscar
Esta página ha sido validada.
78
DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

casi, recién salidos de la Escuela Naval, que hacían su primer viaje entre Cádiz y Tánger en un crucero fortísimo, y habían estrechado poco antes la mano de otros compañeros de estudios, que volvían de dar la vuelta al mundo en un buque de vela; sorprendidos ahora por aquella tempestad horrible, que iba á tronchar en flor ilusiones y esperanzas acariciadas en largos semestres de estudio y encierro en la fragata-escuela, apartarían aterrados Ia vista de lo que veían, y la volverían atrás, á su hogar, al cariño de sus madres, de aquellas pobres madres que les enseñaron á rezar. ¿Y cómo no rezar entonces por sí mismos? Y ¡por ellas! ¡Con qué ansia estrecharian contra su pecho la medalla, el escapulario colgado allí por manos de su madre al abrazarlos por última vez, y por última vez besarlos en sus rostros aún imberbes! ¡Por última vez, sí! ¡No se volverán á ver en esta vida! Aqui un oficial, chorreando agua, aferrado al cordaje para no abandonar el puesto de honor ni por los tumbos y sacudidas del barco, ni aun por las olas, que unas en pos de otras pasan, envolviéndole, sobre su cabeza, ora en silencio por su esposa joven, por su primogénito recién nacido, por su padre anciano y achacoso. Allí, marineros ocupados en hacer con heroico esfuerzo y riesgo espantoso las maniobras que ordena la voz de sus jefes, rezan á a Virgen, acordándose de la imagen que veneraron sus padres, y veneran ellos, y prometen visitarla y colgar en las paredes del santuario bendito ex-votos, que atestiguen á sus hijos y á los hijos de sus hijos cuánto puede la Madre de Dios y Madre de los hombres. Abajo, pobres fogoneros que, obedeciendo á inteligentes maquinistas, sudan en su dura labor en aquella atmósfera de horno, ante una máquina casi candente y á punto de estallar, sin saber, si no es confusamente, lo que es del buque, que se tambalea y cae y levanta como un ebrio, y sintiendo sobre sus cabezas el ruido lejano, sordo pavoroso de los golpes de mar, que pasan barriendo la cubierta ¡cuánto pedirían á Dios! ¡Ah! Morir, para ellos, no es sólo acabarse sus vidas: es empezar el hambre para sus padres decrépitos, para sus pobres esposas, para sus pequeños hijos. ¿Cómo no han de orar?..... Y todos, todos los que allí luchan, hombres de ciencia y hombres de trabajo, los que nunca habían estado en tales peligros y los que veían que el peligro aquél excedía incomparablemente á los ya pasados, ¿qué habían de hacer sino recurrir á Dios? ¿Qué sino pedirle misericordia?