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De Iturriak
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JOSÉ VINUESA

¡Y sin embargó los devoró el mar! Dios que abarca con su mirada el tiempo y la eternidad, y castiga á las naciones para que sanen, veía que el naufragio debía suceder, que no era conveniente que no acaeciese, y oyó la oración y no dió lo que no convenía, pero hizo lo que era justo y conveniente. El castigo providencial purificó de sus culpas á aquellas víctimas, que sucumbieron inocentes de los grandes pecados públicos; y purificadas, ¡cómo consuela el creerlo!, pasaron á recibir el premio de sus virtudes ó de su sincero y religioso arrepentimiento. Pedían á Dios llegar al puerto de Cádiz, y Dios los llevó al puerto del cielo. No podemos afirmarlo, pero debemos esperarlo. Por Dios no ha dejado de realizarse, que misericordioso es y ha dicho: «Pedid y recibiréis cuanto sea justo y os convenga». Y la tierra podía no convenirles; pero el cielo, ¿á quién no conviene¿ Por eso la tierra puede perderse sin culpa, ¡vale tan poco la tierra! Pero ¡el cielo! El cielo, hermanos míos, nadie puede perderlo si no es por su culpa, y culpa sin penitencia.

Ahora bien: ¿concebís, señores, que hubiera quien no clamase á Dios, arrepentido, en aquel buque, juguete del temporal, sobre todo cuando se venía encima el naufragio, extinguiendo por momentos toda luz de esperanza? ¡Momentos terribles aquellos que adivina la mente, oprimiendo el corazón! ¡Nadie sabe cómo fué! ¡Ni uno de los que ibna á bordo quedó para contarlo! ¡No hubo ojos humanos que los vieran irse á pique! Tal vez al caer pesadamente la proa de lo alto de gigantesca y tajada ola en la sima que dejó tras sí al pasar volando, otra montaña de agua se desgajó sobre el crucero y lo sepultó. Tal vez, inclinado en un violentísimo balance, cayó sobre su costado otro espantable golpe de mar, sin darle lugar á enderezarse, y acabó de ladearlo, y el peso mismo de su castillo artillado le hizo girar y sumergirse. Mas fuese de uno de stos modos, ó de otro, que sólo sabe Dios, tengo para mí que, dada la fe que aun arde en el fondo del alma de casi todos los marinos españoles, aunque oculta y como ahogada en algunos por las preocupaciones anticatólicas y la ceniza amontonada por el incendio de las pasiones; tengo para mí, repito, que en aquel momento supremo, cuando se borró toda esperanza de salvarse del naufragio, cuando el buque se rendía sin dejarse gobernar y se echaba encima el oleaje como nunca arbolado, amnazador, furibundo; cuando, por fin, vieron venir una