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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

ola, que descollaba entre todas como la cordillera sobre las colinas, y que inclinaba sobre el crucero indefenso su frente coronada de espuma y se encorvaba é iba á derribarse sobre él con su mole abrumadora; entonces, yo creo, y vosotros creeréis como yo, que un solo grito, un bramido más bien, brotó atronador de aquellos cuatrocientos pechos varoniles y resonó en la concavidad de la ola: «¡Misericordia, Señor! ¡¡Perdón!!» Y Dios los oyó. Aun resonaba el grito de auxilio, y Dios respondía ya con la voz de su ministro, que, dominando los rugidos del viento y del mar decía: «Yo os absuelvo de vuestros pecados en nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo».

Y al acabar, apenas, de pronunciarse la sentencia de perdón y salvación, cayó la ola con horrísono estampido, y el crucero vaciló un momento rendido y quebrantado, y el agua se precipitó en sus senos como ejército conquistador que, salvando la mal defendida brecha, se derrama furibundo por la ciudad tomada. Todo lo arrolló, lo ocupó todo, y el crucero se hundió, cayendo en torno sobre él inmensa catarata que cerró su sepultura. Luego se agitó el mar, más aún de lo que se agitaba por el temporal, y enormes oleadas huyeron circularmente de aquel sitio de horror, cruzándose y chocando con las olas de la tempestad. Poco después reinó la calma, la calma de la muerte. Ni una voz, ni un cadáver, ni un objeto del barco. Nada se oyó, nada se vió.

Mas en tanto, ¡cuántas de aquellas almas-¡plegue á Dios que todas!-purificadas por la absolución sacramental, antes de ser violentamente arrancadas de los cuerpos sumergidos, volarían al cielo! Pidieron perdón, y Dios los perdonó; buscaron al morir misericordia, y Dios cumplió su palabra divina y hallaron misericordia; llamaron al hundirse entre las olas, y Dios les abrió de par en par las puertas de su dicha sempiterna: oraron y se salvaron.

¡Gracias, Dios mío, gracias! Tú, Señor del poder grande, que no tiene igual; Tú, que eres omnipotente y vives cercado de verdad; Tú, que dominas sobre las fuerzas del mar y amansas la furia de sus olas; Tú, que le dices «hasta aquí llegarás y no pasarás adelante y aquí quebrantarás tu oleaje hinchado»; Dios grande, ante quien tiembla el Universo; Dios bueno, Padre nuestro que estás en los cielos, Tú, por motivos