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De Iturriak
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JOSÉ VINUESA

adorables é inescrutables, pero llenos de justicia y misericordia, entregaste al crucero y á los que en él volvían en poder de la tempestad. Murieron, dura muerte y espantable. Pero oraron, clamaron pidiendo perdón; y cuantos de veras lo pidieron, cual debían, viven hoy vida inacabable y dichosísima. Cante, Señor, tus misericordias el huracán con su foria, el mar con sus tempestades, con sus armónicos movimientos el Universo y el Hombrc con su razón ilustrada por la fe y su corazón henchido de gratitud y amor. ¡Bendito seas, Dios mío, que no quieres la muerte del pecador, sino que se convierta y viva! Este es nuestro consuelo, Señor, y nuestra esperanza.

Pero sabemos también que nada manchado entra en la región de purísima dicha, que tienes reservada para los que te aman, y al recordarlo, nos estremece la idea de que muchos, tal vez, de aquéllos cuya muerte desastrosa lloramos, gimen purificándose en el purgatorio, aquel seguro y penoso antepuerto del cielo. Acuérdate, Señor, de ellos, y haz que el perdón que siempre desaron lo consigan por nuestras súplicas. Dijiste: «Pedid y recibiréis». ¡Óyenos, Señor! y dadles luego perdón y dicha. Acuérdate también de sus familias y ampáralas, y Tú, que todo lo puedes, concédeles resignación y consuelo.Acuérdate de esta pobre España, grande cuando era tuya, hoy justamente abatida y castigada; y convierte y perdona á los hijos en gracia de lo que sus padres hicieron y sufrieron por tu gloria, cuyo resplandor alumbró siempre nuestra bandera victoriosa. Acuérdate de los que allá al otro lado del Atlántico pelean, más aún con el clima que contra los hombres, por conservar para la Patria los últimos y hermosos restos de sus inmensos dominios, arrancados por los españoles de las tinieblas de la idolatría. Acuérdate, acuérdate de nosotros también, é imprime en nuestras almas las verdades que acabamos de meditar, para que, contenidos por tu santo temor y alentados por tu bondad inagotable, vivamos vida cristiana y se realice en nosotros aquella maternal súplica que nuestra Madre la Iglesia pronuciará sobre nuestro cadáver y hoy entona por los desgraciados náufragos del Reina Regente al pie de ese significativo y triste catafalco: «Dadles, Señor, el descanso eterno, y que la luz perpetua los alumbre». Requiem aeternam donna eis, Domine; et lux perpetua luceat eis. ASÍ SEA».