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De Iturriak
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dádivas cuantiosísimas de las montañas de Triano. Y de aquí salta el cuchicheo agresivo de «mírale que cursi», «si lleva el vestido como si se lo plantasen a una carguera», «si la viese ahora su abuelo el tabernero», «aunque la mona se vista de seda» y otras lindezas por el estilo, paradas sotto voce y con disimulo, charrapaditas morales de gatitas jóvenes en envidia de sus cuerpos gentiles y en coqueteo, al mismo tiempo que se dirigían sonrisas y saludos de palco a palco, las criticadas y las criticantes, condiscípulas muchas de ellas hasta hacía poco, en uno de esos colegios educadores de señoritas de casas grandes y donde las mensualidades, puntualmente satisfechas y de privilegio social por su elevado estipendio, confunden, allí dentro, a sus alumnas en una sola y socorrida clasificación: la de chicas ricas.

Aquella temporada de ópera que comenzó con La Gioconda no entusiasmaba, ni mucho menos, a los dilettanti bilbaínos. Montábanse las obras
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