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De Iturriak
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a todo lujo, con decoraciones pintadas por Busato y Bonardi, con excelente ropa, con un regimiento de comparsas además de los sesenta coristas, veinticuatro bailarinas y otros sesenta profesores de orquesta, dirigida, ésta, por el catalán Goula, padre. La Borelli, la Arkel y la Pacini, sopranos, y la Pasqua, contralto, reciobían, si, aplausos y ovaciones; la deficiencia estaba en los hombres: en el barítono Batistini, tan celebrado en Madrid y que aquí no hasia grasia ante el recuerdo de Kaschman, en el agotamiento de Lietam, el incomparable Marcelo de Los Hugonotes y, sobre todo, en la falta de S. E. il tenore, pues ni Lacignani, ni Moretti, ni Cardinali, lograban una acogida franca y ruidosa. ¡Ah, si; Julián, Julián!... decían los aficionados, pensando en Gayarre. Sin embargo, hubo un hecho memorabilísimo en la actuación de aquella primera Compañía de ópera, en el Nuevo Teatro, y fue el estreno de Lohengrin, de Ricardo Wagner. Apenas si se conocía
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