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De Iturriak
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y La Hebrea, que siguieron al de Lohengrin, dejaron a la afición medianamente impresionada.

De telones adentro, los embrollos constantes de las gentes de teatro, con sus rivalidades, envidias, intrigas y exigencias, traía de cabeza a los de la Comisión, muy buenos caballeros de la villa, cumplidos, conciliadores y generosos, y que hacían el primo, a todas horas, solucionando conflictos de bastidores a base de cartera. ¡Así le resultó la broma divística aquella a la Sociedad del Nuevo Teatro, con una pérdida de más de ocho mil duros! Entretanto, eran las bailarinas, con el celestineo de sus floristas en enganche y comisión, las que se divertían en grande, mataban el hambre y renovaban sus equipos. Los negros fracs y los smokings de los pollitos bilbaínos, tenían, siempre, a su lado, en las cajas del escenario, a las blancas mariposillas del baile, sentidamente vaporosas e impalpables, mordisqueando dulces, fingiendo amores con sus
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