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De Iturriak
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Iban siendo cada vez más fecundas en negocios. Una moral sana, arraigada por la casta y la tradición en el ánima del pueblo, resplandecía en las costumbres, y el infantilismo de algunas de ellas alcanzaba, todavía, a los ancianos. Las chicas mismas, que solían saltar a la cuerda y jugar al corro en el Arenal, dejáronse de esos alegres esparcimientos de colegialas en asueto, y seguidos, antes, hasta que llegaban a la edad de casarse pronto, cuando el Bilbao de la población capitalizada y con ínfulas ya de lo grande y lo moderno, impuso a las reminiscencias pueblerinas la oposición de la severidad y el escrúpulo de las miradas celosas por las conveniencias sociales. En los jardines de los Campos Elíseos, y que después fueron burlería, bailabas con decoro, paseaba allí el señorío de ambos sexos, y, aún por Carnaval, la exclusión de la desvergüenza y la impudicia era rigurosa. Las romerías, de las cuales se mostraban tan aficionados los bilbaínos de entonces, moviliza-
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