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De Iturriak
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ban hacia las aldeas de los alrededores, por carreteras y atajos, a todos los vehículos ligeros del tráfico rodado de la villa y a un número tal de gentes afanosas de tamboril en amplia campa, de meriendas al aire libre, de olores de chosna, de divertirse y de ver cómo el próximo se divertía, que, en esos días de las alegres llamadas a fiesta y a gaudeamus de las campanas de las anteiglesias vecinas, quedaba el pueblo medio vacío de juventud y de bullicio. De alpargata blanca, ellas y ellos, acudía el elemento danzarín a aquellas romerías; y los menestrales, con la chaqueta al hombro; y las mujercitas de éstos rezagadas, con los críos y las cestas abarrotadas de comida. Y una vez en el lugar del jolgorio, entre el estallido de los cohetes, la almazara frenética de los que movían las piernas y los brazos al ritmo del chistu y el atabal y en medio de santzos y canciones mil, las ancas de pollo, los trozos de cecina y las tajadas de merluza frita, de lengua y de jamón, como los va-
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