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De Iturriak
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sos de chacolí y de limonada, prodigábanse de mano a mano con el obsequio sincero de una confraternidad colectiva, que no admitía otra ley en sus espontáneos impulsos que la del corazón abierto del convecino amigo.

¡Las «corridas generales de Agosto!...» He aquí la conmoción por excelencia del aquel Bilbao, invadido por forasteros de la Rioja, de Burgos, de Santander y por toda la aldeanaría de los contornos y por una nutrida concurrencia de los pueblos costeños del Señorío, llamados por la celebridad de esa corridas, radiante con su aturdimiento de músicas y chupinazos, de bailes y de festejos vistosísimos; corriendo de una parte a otra a las cucañas, a los fuegos artificiales y... ¡ala!... ¡ala!... a todas partes, mujeres, hombres y chiquillos, y siempre gozosos, asombrados, y no cambiando, en aquellos momentos, el orgullo, la dicha de ser bilbaínos, del bochito, de la tasita de plata, ni por la más recreada residencia en la ciudad más encantado-
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