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De Iturriak
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otras cosas en verdad extrañas, y que...¡ejem!...¡ejem!... el amor las explicó, después, con el relato de unas vulgares historias. En estas condiciones, para el viajero, de pulmonías en acecho, de tropezones probables, mascales seguros y sustos no fingidos de las almas pusilánimes, ¿quién diablos, que no tuviese el temple de un héroe o la vocación suicida de un melomano del bel canto, podría aventurar sus pasos en dirección del Teatro-Circo?... Por eso fueron tan penosos aquellos sus primeros tiempos de ópera buena y barata. Y al «Orfeón», al cantar una noche el Rataplán de Los Hugonotes, con Tomás Amann de solista, llevó tras de si, y como larguísima cola de cometa, al elemento popular, tan simpático, limpio y bien oliente, de su idolatría sietecallera, era el vacío de la sala, en lo ordinario de aquellas representaciones, lo que levantaba en vilo a los empresrios del teatro y más, todavía, el hecho insólito que ellos presenciaban, de que cuanto menor era el número
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