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De Iturriak
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mero de los espectadores, acrecentábase, en desesperantes proporciones, el ruido espontáneo y entusiasta de sus aplausos a los artistas. Y como quiera que estos cobraban las nóminas con puntualidad, encontrabanse perfectamente encantados de la vida. Tanto que el tenor Rubis, por ejemplo, ocultando, bajo un abrigo, sus galas de Duque de Mántua, en los entreactos de Rigoletto, íbase a chiquitear a la taberna cercana de los «Cuatro Ochos», en compañía de algún bombero o carpintero suelto de los del servicio del escenario. Contrastaba, en cambio, con esta democracia ducal, la fechendosa en exhibición de bonito y seductor del Conde de Nevers, personificado, a la catalana, nada menos que en Ramón Blanchard: el que luego fié barítono admirable. Y terminó el funcionamiento de aquella Compañía, después de un plante de los coristas, con un puñetazo que, en pleno ensayo, diole uno de las empresarios al bajo, lanzándole al piso de la orquesta y un... «Vayan ustedes a paseo», general, rotundo y definitivo.
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